Presentación

Soy Isabel Lafuente y en este blog os contaré mis andanzas como escritora.

Tengo dos álbumes ilustrados que buscan ser amadrinados por una editorial. Están registrados todos los derechos, tanto del texto como de las imágenes.


Uno se titula Truenda, y trata sobre una monstrua que decide explorar la vida en la ciudad - A partir de tres años de edad.

El otro, Tu Voz, es más poético y está dirigido a todas las edades. La ilustradora es mi hermana, la artista Begoña Lafuente. Crea unas imágenes maravillosas y divertidísimas. 

Aquí os dejo una muestra.

 

La princesa Petunia

La princesa Petunia vivía en una torre.  Ella no entendía muy bien qué hacía allí. Tampoco recordaba cuánto tiempo llevaba encerrada, ¿desde que había nacido, quizás? 

Todas las mañanas a Petunia le permitían salir para asistir a la escuela de príncipes y princesas. Hoy era jueves y los jueves tocaba clase de ciencias naturales. Era su asignatura favorita.

—Buenos días princesas y príncipes —dijo la maestra, doña Acerina—. Tengo una pregunta para ustedes… ¿Las plantas crecen siempre hacia arriba?

—¡Claro!

—¡Sí!

—¡Sí! —respondían unas y otros.

Varias princesas suspiraron en lugar de responder. Un príncipe muy guapo levantó la barbilla para demostrar que se aburría tremendamente. La princesa Petunia se quedó callada. Casi seguro que sí, las plantas crecían siempre hacia arriba, pero... en realidad no lo había comprobado.

—Aquí tengo una judía blanca para cada uno de ustedes. Les enseñarle cómo se cultivan.

—¡Yo no me quiero ensuciar las manos con tierra! —contestó el príncipe guapo.

—¡Es verdad! —contestó una princesa llamada Poltrona—, ¡Menudo asco!

Doña Acerina hizo un gesto con las manos «se acabó»,  y comenzó a repartir las judías. Llegó a la altura del pupitre de Petunia. Colocó un haba, tal y como había hecho con el resto de sus compañeros.

—¿Puedo quedarme con dos? —preguntó Petunia en un susurro.

Doña Acerina no respondió y continuó repartiendo. «He hablado demasiado bajo», pensó Petunia. 

La maestra regresó al frente de la clase.

—Comencemos... Petunia, se te ha caído algo al suelo. Debe de ser la goma de borrar.

—Gracias, doña Acerina.

Petunia se inclinó y recogió del suelo... su segunda judía.

Buena parte de los príncipes y princesas, incluida Poltrona, miraban al techo o hacían garabatos en sus libretas. Mientras tanto, Petunia seguía atenta las instrucciones de la maestra.

 

—... y después de una semana, ya tendremos una plantita joven —terminaba de explicar doña Acerina.

 

Cuando la clase terminó, Petunia llevó a la torre su libro de Ciencias. La tarde se le pasó muy rápida repasando la lección. Al anochecer, Petunia tiró la judía por la ventana y la regó con un vaso de agua. Luego tomó de su bolsillo la segunda judía, la que doña Acerina le había dado con disimulo. Decidió que esa sería su judía secreta.  Hizo cuatro agujeritos en el fondo de un vaso de yogur, y puso un poco de tierra en su interior. «El armario será un buen escondite», pensó. Apartó vestidos vaporosos, abrigos y capas, hasta que consiguió hacerle un huequito y dejó la puerta entreabierta para que entrase un poco de luz. De eso sí estaba segura, las plantas necesitaban luz para vivir. Además, lo decía el libro.

Todas las noches Petunia vaciaba un vaso de agua apuntando al pie de la torre, y usaba otro vaso para regar la judía del armario. A veces resultaba difícil encontrar la judía secreta entre tanta ropa, pero no paraba hasta conseguirlo.

Al cabo de tres semanas una princesa faltó a clase. Era algo que nunca antes había ocurrido. Doña Acerina hizo una llamada.

—¿Majestad?... Se trata de la princesa Poltrona. Hoy no ha venido a clase.

—¡Alerta, alerta! —gritó el rey.

Los guardias fueron corriendo a la torre de la princesa, pero estaba vacía. Se asomaron a la ventana.

—¡Ay, ay! —gritaba alguien desde abajo.

Los centinelas bajaron las escaleras como un rayo. A los pies de la torre encontraron una princesa llena de moratones. Era la princesa Poltrona. A su lado había una planta que trepaba por el muro, hasta casi llegar a la ventana. La fuga de la princesa había fracasado.

¡Inspeccionen todas las torres! —ordenó el jefe mayor de seguridad.

Castillo tras castillo, una torre tras otra, en todas había una planta trepadora que subía peligrosamente hacia la ventana. Pronto toda la clase supo lo que había ocurrido. «Parece que a todas se nos ha ocurrido la misma idea»,  pensó Petunia.

—¡A sus puestos!, ¡Corten inmediatamente esas plantas! —gritó el jefe de seguridad del reino.

Esa tarde, las lágrimas de las princesas caían por las ventanas de las torres, ¡pobrecitas!

—¡Piedad, jardinero! —gritaba una.

—¡No corte la judía, es para clase de ciencias! —gritaba otra.

Pero los jardineros tenían órdenes de cortarlo todo. Absolutamente todo.

Petunia observaba desde su torreón. «¿Las plantas crecen siempre hacia arriba?», pensaba.

Abrió el armario para regar la judía escondida.  Las ramas se habían enredado tanto entre la ropa  que Petunia no se había dado cuenta de lo grande que era ya la planta.

—¡Tchac! —escuchó Petunia. El sonido venía del exterior de la ventana.

—Mi capitán, esta es la última planta que faltaba por cortar. Podrán estar tranquilos esta noche. Ninguna princesa logrará huir —dijo el jardinero real.

Petunia acarició su libro de ciencias. Según sus cálculos, faltaba otra semana más para que la judía secreta estuviera a punto. ¡Demasiado tiempo! «no tiene que ser la fuga perfecta, Petunia», se dijo a sí misma, «con que sea una buena huída, vale». Y Petunia estaba harta de los suspiros de las princesas y de los aires de importancia de los príncipes. Quería irse YA. Sí, sería esa misma noche. Después de la cena, para no levantar sospechas.

Comió lo poco que le permitieron sus nervios y se lavó los dientes. Al abrir el armario encontró un lío tremendo. Todo estaba enredado con la planta de judía: las mangas de los vestidos, las faldas de gala que parecían globos hinchados, las capas... Petunia tiró la ropa al suelo y liberó las ramas una a una. Al terminar tenía delante una planta tan larga que daba tres vueltas a la habitación. Ató uno de los extremos a la ventana y arrojó el resto hacia afuera. La planta no llegaba a tierra y Petunia no quería hacerse daño, como le había pasado a su compañera Poltrona. Se giró y vio la ropa desparramada por la alfombra. No había hecho la maleta, no quería llevarse esa ropa tan incómoda, que además abultaba muchísimo. «¿Y si le diera un último uso antes de irme?», pensó, y la tiró por la ventana, sin pensarlo dos veces.

—¡Princesa Petunia, princesa Petunia! —el ayudante del cocinero la llamaba desde el otro lado de la puerta—, ha olvidado tomar su Cola-cao.

—Es verdad, ¡el Cola-cao! —respondió Petunia.

Tenía que ganar tiempo, ¿qué podía decir?

—La cosa es que ya me he lavado los dientes —se acordó.

—Bueno, entonces me lo tomo yo, para que nadie note nada —dijo el chico.

—Vale, gracias. Buenas noches —. Petunia suspiró.

Echó un último vistazo a su cuarto antes de asomarse a la ventana. «Ojalá hubiera practicado más gimnasia», pensó, «ahora sería más fuerte». Le temblaban los brazos y las piernas por el esfuerzo y el miedo, pero continuó bajando hasta el final de la judía. Miró al suelo. Faltaba un trecho para llegar a tierra. Contó hasta tres y se dejó caer encima de los vestidos de fiesta de princesa.

¡Plof, chof, ssschhhhflussss! Fue un aterrizaje suave. No se dio la vuelta, no quería mirar atrás. Dos princesas suspiraron desde sus torres. El príncipe presumido la miró admirado, pero Petunia ya no estaba. Había salido corriendo. Su único equipaje era el libro de ciencias. Ahora sabía que las plantas no siempre crecían hacia arriba, sino que también crecían hacia la luz.

Al día siguiente, doña Acerina pasó lista. Faltaba Petunia.

—Maestra, ¿no va a llamar al rey para informar? —preguntó el príncipe engreído.

—Tiene usted razón, príncipe. Haré esa llamada.

Doña Acerina marcó el número del rey. Como respuesta, escuchó la voz metálica del contestador automático.

—Solo falta la princesa Petunia, por eso llamo —dejó grabado. «¡Menos mal!, ha sabido aprovechar su oportunidad. Cuando los guardias escuchen el mensaje, ella ya estará lejos», pensó la maestra.

Aunque ha pasado mucho tiempo, Doña Acerina todavía continúa ayudando a las princesas a escapar de sus torreones. Con disimulo. Con mucho disimulo.

Las ecuaciones de Albert

En el año 1884 las fotos se hacían en blanco y negro y los señores llevaban sombrero por la calle. Aún no se habían inventado ni los ordenadores, ni los teléfonos móviles.

Albert tenía 5 años. Estaba malito y jugaba en su habitación, construyendo rascacielos con una baraja de cartas.

«toc-toc-toc» —tocaron a la puerta.

Era papá Hermann.

—Hijo, te traigo un regalito, para que te diviertas mientras te pones bueno.

Albert abrió el envoltorio y descubrió un reloj con una sola aguja. Caminó por su habitación y se dio cuenta de que la aguja bailoteaba y señalaba siempre un sitio. Sin darle cuerda, sin ningún mecanismo que él pudiera ver, la aguja de la brújula giraba hacia el mismo punto, día y noche.  El invento se llamaba brújula. A Albert le encantaban los acertijos matemáticos, pero esto era todavía mejor que cualquiera de ellos.

Al año siguiente, cuando cumplió 6 años, Albert aprendió a tocar el violín. Se divertía mucho, porque el violín le hablaba con su música:

—Todos me llaman violín, Albert, pero yo en realidad me llamo Lina.

Albert seguía tocando, y al terminar se despedía:

—Lina, me voy a dar una vuelta con la bici y con mi brújula. Quiero descubrir nuevos caminos.

Pauline, la madre de Albert, intentaba detenerlo al verlo salir por la puerta:

—Albert, ponte calcetines. Se te han olvidado otra vez.

Los calcetines de Albert tenían la costumbre de agujerearse por el dedo gordo. Él estaba harto.

—Mamá, los calcetines solo sirven para generar agujeros. Me voy.

Y antes de que mamá Pauline pudiese reaccionar, Albert ya se había ido con la bici y la brújula.

A Albert le gustaban además otras cosas, como estudiar matemáticas y física. Era el primero de la clase, aunque la historia y la geografía le resultaban difíciles.

—Estudia historia, hijo, que mañana tienes examen.

—Mamá, no me gusta memorizar. No tiene lógica.

—Pero Albert, cariño. Basta con imaginarse la vida de los reyes siglos atrás. En realidad es como un cuento de fantasía.

—Prefiero las fórmulas, mamá. O preguntas más interesantes.

—¿Ah, sí? Preguntas más interesantes... ¿como cuál, por ejemplo?

—Por ejemplo, ¿qué pasaría si pudiera perseguir la luz y finalmente adelantarla?

—Te quedarías a oscuras, supongo.

A Albert no le convenció mucho la respuesta y siguió jugando con la brújula.

Cuando creció continuó montando en bici y tocando el violín. Estudió física en la universidad. Empezó a descubrir fórmulas en las que nadie antes había pensado. Su chófer lo llevaba de universidad en universidad, para explicar sus descubrimientos.

—Doctor Albert, he escuchado su charla lo menos 30 veces; ya me la sé de memoria —le dijo un día el chófer.

—Oliver, eres un exagerado. Ojalá te la supieras, porque hoy estoy cansado.

Albert y Oliver usaban al misma talla de ropa. Se miraron como dos niños traviesos. Al cabo de un rato entraron en la sala de conferencias.

Uno de los dos subió a la tarima y comenzó la conferencia. Decía las palabras habituales sobre energía, masa y luz, convencido sobre lo que contaba.

La charla terminó y un estudiante levantó la mano.

—Doctor, tengo una pregunta: Si aumentáramos la luz y comprimiéramos el espacio, ¿variaría la masa de un cuerpo?

—Caballero, mi chófer está sentado al final de la sala. Su pregunta es tan sencilla, que dejaré que él mismo la responda.

Un señor con gorra de chófer y sin calcetines, respondió sin dificultad.

No hubo más preguntas.

Albert continuó investigando y estudiando. Cuando tenía 42 años ganó un premio que solo ganan los más listos de entre los listos, el premio Nobel. Había descubierto una fórmula para explicar una cosa que los mayores llaman el “efecto fotoeléctrico”.

Su chófer le preguntó:

—Doctor, ¿me lo puede explicar?

—Oliver, imagina que tienes una placa de metal. Luego la iluminas con una luz fuerte. El metal suelta una carga negativa, un electrón, por efecto de la luz. Eso es el efecto fotoeléctrico.

—Con todos mis respetos, señor, ¿los demás le han creído?

—Sí, sí. Un día lo entenderás tú también. Y lo creerás —dijo Albert, sonriendo.

Oliver no estaba muy convencido. Quería entender a su jefe, al que todos admiraban.

—Dígame, doctor, ¿ha descubierto más cosas?

—Sí, Oliver; la teoría de la relatividad y fórmulas que explican el movimiento browniano.

—Relatividad... —susurró Oliver— me suena.

—Explica la relación entre materia, movimiento y energía. La materia, las cosas, son pequeñas partículas, pequeños trocitos, que forman los objetos. Esos trocitos pueden convertirse en energía, y al revés: la energía puede crear materia. He descubierto una fórmula preciosa, ¿te la digo?

—Deje, deje, doctor. Al principio sus charlas eran mucho más sencillas. Ahora creo que no me las aprendería de memoria ni en un millón de años.

—Oliver, también tengo otra ecuación para el movimiento browniano. Explica cómo se mueven las sustancias en un líquido, según esté caliente o frío.

—Usted es un vendedor ambulante de fórmulas, señor. Casi como los políticos, que intentan convencer a la gente de sus ideas.

—¿Sabes, Oliver? Los políticos presumen de su poder, pero dura poco. Sin embargo una ecuación... Una ecuación vale para toda la eternidad.

Oliver no sabía qué contestar. Albert se despidió hasta el día siguiente:

—Te doy la tarde libre, Oliver. Yo me voy a tocar el violín con mis colegas científicos. Hay un grupito que toca muy bien, vale la pena.

Albert habló con periodistas y admiradores y, cuando al fin lo dejaron tranquilo, se fue a tocar el violín.

Y así termina la historia de uno de los científicos más famosos de todos los tiempos, Albert Einstein. Su apellido significa “unapiedra”, fuerte como su inteligencia. Albert vivió hace mucho tiempo, entre 1879 y 1955.

Biografía

María Isabel Lafuente López, Valencia, 1966.

Desde pequeña la acusan de vivir en las nubes, en un mundo de fantasía. La magia del mar la lleva a estudiar Biología.
Tras la licenciatura se traslada a Escocia, donde aprende a cultivar estrellas… de mar.

Amplía sus inquietudes al mundo de las historias, asiste a talleres de cuentacuentos y comienza a escribir relatos para niños.
Su referente es Gianni Rodari y su maravilloso mundo alocado, donde todo tiene cabida.

En la actualidad reside en Gran Canaria, arropada por la calidez de sus gentes.

Entre sus relatos se incluyen los siguientes títulos:
Dos minutos esperando... la lavadora, Plastinga, ¡Ding-Dong!, Sucedió en Ucrania, La charca, Dinograndotux y Dinocanijix, El cuento de María, Cuento oscuro, Tsuyu, La gatita a rayas, Becarquiloce, El reloj glamuroso, Belinda.
 
Están en fase de publicación los cuentos Gabriela Mosquitorraptor y Rufo y las investigadoras de lagartijas.

Cuento Oscuro

Es curioso, me voy dando cuenta de los momentos mágicos una vez han pasado, mucho tiempo después. Se convierten en recuerdos entrañables, en refugios de felicidad.
Cuando yo era chiquta, en casa no estaban de moda las reuniones familiares. Nos reuníamos, sí, pero en silencio. Recuerdo los domingos con cariño. Era el día de "La Casa de La Pradera". Yo miraba embobada a Laura Ingels, correteando y dando brincos de alegría por la campiña, entrando en su cabaña, donde todo era paz y serenidad. A pesar de unos padres tan cursis, tenían vida de familia, hablaban, compartían. A mis ojos eran la viva imagen de la familia feliz.
A nosotros los Ingels nos daban unas cuantas vueltas. En mi familia, por alguna misteriosa razón, esperábamos a que el telediario hubiera empezado o estuviese a puntito para sentarnos a comer. Si mi padre estaba en casa, no se hablaba. Parecía como si el mundo se fuese a detener si no le dejábamos oír las noticias. Creo que ahí empecé a cogerle manía a la tele. Silencio sepulcral, ruido de cubiertos,... y noticias. Con el fútbol había algo de tregua y podíamos comentar cosas... Hasta que comenzaba el parte del tiempo. ¡El tiempo!, que nadie abriese la boca. Todavía estoy a tiempo de preguntarle a mi padre por qué esa obsesión. Después de todo, él nunca ha trabajado como agricultor, ni especulador agrario ni nada por el estilo.
En Madrid, donde vivíamos, las tormentas más fuertes ocurrían en las noches de verano. Los nubarrones negros se agolpaban, el pelo se me encrespaba al peinarme, la electricidad estática iba en aumento. Los perros no paraban de ladrar y de gimotear. Los relámpagos inundaban la noche de azul. Luego, silencio total. ¡Brruuuuuum! El primer trueno. Unos cuantos truenos más tarde, la electricidad se iba. Se hacía la oscuridad total en la casa. Recuerdo palpar las paredes, buscando el pasillo, buscando voces para orientarme. Mi madre buscaba velas, nos rescataba por las habitaciones y ahí terminábamos, todos sentados en el sofá del cuarto de estar. Había llegado la magia. Solíamos quedarnos en silencio, compartiendo el momento. Si hablábamos, lo hacíamos cuchicheando, como si el aire fuera de cristal. En mi imaginación yo era Laura Ingels, dando botes de felicidad. Me resultaba extraño a la vez que me encantaba encontrarme tan a gusto, sin luz, sin nada que hacer. Simplemente estar. Al cabo de unas horas finalmente volvía la electricidad. Pero, en ese ratito de oscuridad era cuando yo sentía la luz.

Blogs recomendados

 He encontrado varios blogs interesantes en los que recomiendan libros infantiles para las personitas de casa.

El blog de pekeleke recomienda libros clasificados en categorías de temas y edades, muy útil para descubrir nuevas lecturas.

El blog cuentos para dragoncitos está a cargo de Juani Velilla, profesora y escritora de cuentos infantiles.

¡Ding-Dong!

Érase una vez un mundo donde l@s perr@s hacían caca sin límite. Se había vuelto incómodo sacarl@s a pasear. El primer perro en sufrir estos síntomas fue el perro de Bartolo.
Y aquí comienza nuestro cuento: Bartolo era un niño de 8 años que siempre se ocupaba de su perro, Ding-Dong. Decidió llamarle así cuando se dio cuenta de que siempre se le escapaba el pis de pura emoción al oír el timbre de casa. Si Bartolo era lo bastante rápido como para pronunciar su nombre tres veces seguidas en menos de un segundo, Ding-Dong conseguía aguantarse las ganas. Era bastante divertido que alguien llegara a casa. "Ding-dong" - éste era el timbre - a lo que Bartolo respondía: "¡Ding-Dong, Ding-Dong, Ding-Dong!". Su perro, Ding-Dong, ladraba de alegría y Bartolo suspiraba aliviado. Un buen día, sin que ninguna mente pudiera averiguar por qué, Ding-Dong comenzó a hacerse pis sin tregua, a hacerse caca por todos lados: De día, de noche, dentro de casa, fuera de casa, en el ascensor, en la farola, en la alfombra, cerca de los enchufes, lejos de los enchufes, con los ojos cerrados, con los ojos abiertos... Tremenda porquería la que organizaba Ding-Dong en un pis-pás. Bartolo contó sus preocupaciones a sus compis del cole. ¡Cuál fue su sorpresa cuando supo que su perro no era el único, sino que se trataba de una epidemia perrun@cacatil!

Bartolo pensó y pensó y decidió crear una empresa. La llamaría Perrobotics & Co. Crearía perrobots que limpiasen todo lo que l@s perr@s ensuciasen. Después de muchos experimentos, Bartolo consiguió un robot que lo limpiaba todo. Todito. Lo probó con Ding-Dong y vio que daba buen resultado. Su perro estaba algo incómodo, porque el perrobot no paraba de perseguirlo por todos lados. Limpiaba sin parar, sin quejarse. Pero ahí estaba. Le había robado algo que Ding-Dong hasta ese momento no sabía que tenía: Intimidad. Intimidad para un@ perr@ es poder tirarse un pedo sin que nadie se entere, rascarse las pulgas, estornudar sin que nadie le pregunte si tiene el moquillo, o quedarse espiando a las mariposas. Y ya no tenía. Siempre estaba el perrobot a su lado, con ese ruido tan de robot: "Bip- bip- bip". La intimidad se convirtió en un tesoro que Ding-Dong echaba de menos.

Ahora fue Ding-Dong el que pensó, y pensó, y pensó. Se fue a su rincón de pensar. "Bip-bip-bip", el perrobot no le quitaba ojo, ¡qué pesado! Ding-Dong pensó. Pensó en Bartolo, en las veces que se tapaba la nariz, en las veces que le había limpiado antes de inventar aquella dichosa máquina. Él siempre le había cuidado muy bien, era su amigo favorito. Ya ni se acordaba de por qué empezó a hacer caca por las esquinas. Pensó en hacer las cosas de otra forma, para que no pasase lo mismo de siempre. Y se concentró. Y empezó a hacerse pis encima solamente cuando sonaba el timbre de la puerta y Bartolo no le llamaba tres veces seguidas en menos de un segundo.


Pocos pises después Ding-Dong recuperó su intimidad y con ella a su mejor amigo, Bartolo.



Sucedió en Ucrania

Érase una vez una niña en Ucrania. Era, lo sé, Iraida. Iraida amaba la naturaleza. Amaba lo que era, lo que existía. Durante el día la vaca de la familia quedaba a su cargo. Iraida amaba a su vaca, Zoryka. Si algún día la encuentran, es mejor que pronuncien Ssoorka, para que ella les comprenda y responda a su nombre. Los prados verdes en que pastaba Ssoorka la arropaban todas las mañanas, así que pronto el amor de la niña se extendió también a aquellos prados. En uno de sus paseos, Iraida y Ssoorka terminaron en un prado lejano, aunque no tan jugoso como el resto. Este prado era amarillo, arañado por el sol. Ya pasaban de largo cuando Iraida desubrió una bella flor azul índigo, de un azul tan intenso como el azul del cielo cuando despide al sol. Y amó a su flor azul. De todos los prados en que podía llevar a Ssoorka a pastar, Iraida siempre elegía ése. No era fácil llevarla, porque allí se quedaba con hambre. La niña engatusaba a su amiga con canciones, la arrullaba con poemas. Ssoorka, conmovida por el gran empeño de su amiguita, accedía, fingiendo no darse cuenta. Iraida daba una palmadita de cariño a Ssoorka y buscaba con cuidado entre las pocas hierbas que había, hasta descubrir su flor. Se quedaba embelesada contemplándola. A la hora del almuerzo le deseaba buena tarde, y volvía dichosa a casa acompañada de su vaca.

Una noche, al volver del prado, Iraida descubrió un libro donde se relataban historias de planetas lejanos. Se aficionó a mirar al cielo. Todas las noches, a la misma hora, la niña subía su mirada, escudriñando entre las estrellas. Leyó otros libros, estudió por su cuenta, anotó las constelaciones, aprendió a reconocer la Osa Mayor, a orientarse en la oscuridad siguiendo a la estrella del Este... Realmente se convirtió en una buena cuidadora de vaca, de flor y de estrellas. Aprendió a darse cuenta de lo importante que llegan a ser las vacas, las flores y las estrellas para una vida feliz.


Pasaron algunos años. Iraida creció. Se había convertido en una persona responsable, con cosas urgentes de las que ocuparse. Ya no miraba el cielo, ya no olía las flores, ya no cantaba por miedo a desafinar. Ya... no.
Las estrellas, aún pendientes de ella, temieron que Iraida las hubiera olvidado. Sentían que ya no las cuidaba con el mismo amor.

Una mañana temprano, Iraida se levantó con el impulso de buscar su libro sobre historias de otros planetas. No recordaba nada de la noche anterior: Las estrellas se habían colado en su sueño para susurrarle las historias de su libro antaño favorito.

Revolvió estanterías, baúles y cajones, y por fin apareció: su libro mágico. Había olvidado la cubierta azul, de un azul tan intenso como el azul del cielo cuando anochece. Como si de una túnica mágica se tratase, al ver la cubierta, Iraida recordó. Recordó a su vaca, recordó los verdes prados, aquel otro prado ocre lamido por el sol... A su flor azul. 


Entonces todo volvió a estar bien.

La charca

Hoy estaba triste porque no se me ocurría ninguna historia. Me he puesto mis calcetines de corazones, mi camiseta amarillo chillón, y lista. Remedio casero contra la imaginación desecada.

Estoy teniendo desaguisados técnicos con los audiocuentos, antes estaba el de la charca. Ahorita está volatilizado. El universo cuentero está al rescate, en breve volverá a aparecer aquí:


Hacen falta varios sonidos, que marco así ::::::, para contar mejor el cuento. 


La charca

Una noche de invierno canario, en una charca fresquita, ::::(ranitas)::: las ranitas Coquita y Tulita comenzaron a croar.::::::(ranitas)::::::::: Era su forma de llamar a la lluvia, querían jugar con ella un ratito. Vino la lluvia::::(lluvia):::::::, y entonces el sapo Belardo se animó a salir de su escondite. Belardo era un sapo grandote, imponente, la charca temblaba a sus pies::::(pasos como de dinosaurio)::::::::, era el más pesado entre los croadores. En un par de saltos ::(pasos como de dinosaurio)::: se plantó al lado de Coquita y Tulita ::::(ranitas)::. Abrió su enorme bocota... Pero Belardo no croó.::::(llamador de ángeles)::::::::::: De su boca salió un sonido mágico, como de cascabeles diminutos.::::(llamador de ángeles):::::::(ranitas)::: no sabían qué pensar. ¿Sería extranjero este sapo? La verdad es que nunca lo habían visto por la charca. A lo lejos se oyó un croar, .::::(sapo):::::::: esta vez sí, de sapo sapote. Todos se giraron. Querían ver quién era el nuevo sapo..:::(sapo)::::::. Al darse la vuelta, solamente vieron a una señora regordeta, con cara angelical, vestida de blanco. ¡Un hada madrina! .:::::(sapo)::::::: ¡Un hada madrina con voz de sapo! ¡Qué lío de cuento!
El hada ::(sapo):::miraba al sapo Belardo ::(llamador de ángeles):::, Belardo ::(llamador de ángeles):::a las ranitas ::::(ranitas)::::, las ranitas Coquita y Tulita ::(ranitas)::: se miraban entre sí. En ese momento, ::::(caballo galopando)::: se oyó un caballo, que se acercaba galopando. ¡Qué de prisa toda junta! La lluvia ::::(lluvia)::: poco a poco se fue apagando, se estaba convirtiendo en nieve. El galope del caballo se hizo más lento y apagado :::::(galope sobre nieve)::(cascabeles)::. Entonces pudieron ver a un caballo pasar, tirando de una hermosa carroza. Todas dieron saltitos, intentando ver a través de la ventana de la carroza, curiosas por saber quién tenía tanta prisa. :::::(tic-tac, tic-tac):::: Un minuto en peligro de extinción viajaba en la carroza. Era un minuto hipnotizado, lo habían atontado para que no pasase tan rápido. El caballo intentaba explicárselo a todas a la carrera, no podía parar. El sapo Belardo dijo Aaaahhh, a su manera, como pensando: Ya lo entiendo ::::(llamador de ángeles):::, y antes de que nadie pueda reaccionar, el minuto se despertó ::::(tic-tac, tic-tac):::, encandilado por el sonido.
El minuto quiso saber enseguida qué había pasado, lo último que recordaba es que era verano, ¡y allí hacía mucho frío! 


Un remendador de voces podría negociar el intercambio entre el sapo y el hada. Quizá él también sepa por qué se había perdido el minuto. ¿Quieren las voces ser remendadas, o están bien así?  Tampoco está nada mal ser un sapo mágico ni un hada vacilona... A lo mejor el minuto se está pasando de listo, queriendo tenerlo todo controlado... El tiempo se había echado a dormir, y por fin se podían hacer unas cuantas travesuras. Puede que en el bosque no necesitasen aquel minuto, después de todo. Jía, jía, dijeron todas juntas, asustando al caballo, que volvió a galopar. El minuto se alejaba. Había empezado a llover de nuevo ::::(lluvia, ranitas, llamador de ángeles, sapo)::::.

El cuento de María


Aquí puedes escuchar el cuento:



María tenía un cuento... chulo súper chulo. Le gustaba leerlo antes de irse a dormir, porque entonces tenía unos sueños mucho más divertidos, de aventuras, viajes, misterios, amigos invisibles... La protagonista de su cuento era una niña, como ella.
Pero... María tenía un secreto, que no había contado a nadie. A veces, cuando estaba muy cansada, leyendo, y los párpados le pesaban y le pesaban, cada vez más, tenía la sensación de que el dibujo del cuento pegaba unos brincos tremendos, haciendo señas con los brazos, como si gritase: “¡Eh, María! ¡Aquí, estoy aquí!” María daba un respingo, se frotaba bien los ojos... pero al volver a mirar, sólo veía un dibujo pegado al papel. Se hacía la despistada, mirando al techo, luego de reojo... pero no, la niña del dibujo ya no se volvía a mover. María se encogía de hombros, suspiraba, daba un beso de buenas noches a su cuento, y se acostaba a dormir.

Un viernes, María se levantó nada más sonar el despertador. ¡Había tenido una ideota genial! Esta vez iba a pillar al dibujo del cuento con las manos en la masa. El día se le hizo muy largo, hasta que por fin volvió del cole, jugó, se bañó, cenó... Lo tenía todo calculado, al día siguiente no tenía que madrugar. María se estaba entreteniendo en el cuarto de estar más que de costumbre, así que su mamá y su papá la miraron extrañados.

  • Te noto nerviosa tesoro, ¿hoy no vas a leer tu cuento? - le dijo su mamá.
  • ¡Noooo! - gritó María - ¡Todavía me queda un rato muy largo para irme a la cama!

Su papá y su mamá se miraron, como pensando: Esta criatura se está quedando un poco sorda, la pobre, ¡tan joven!..., y siguieron a lo suyo.

María se puso a cuatro patas, y casi sin atreverse a respirar para no hacer ruido, fue gateando hasta su cuarto. Y allí estaba... El dibujo había salido del cuento. ¡Qué cara más dura! Estaba cotilleando todas sus cosas, ¡¿Cómo se atrevía?!

  • Te pillé gritó María.
  • - ¡Aaaaaahhh!

Una vocecita chillona gritó asustada. El dibujo se puso colorado como un tomate. ¡Qué vergüenza, le habían pillado!

-- O -- O -- O --



María acababa de pillar al dibujo escapando de su cuento. Estaba petrificado, sin moverse del sitio.

  • Hola. Me llamo María.

El dibujo seguía sin moverse.

  • Venga, dibujo, no te hagas el loco, que ya te he visto. Dime cómo te llamas, por lo menos.
  • Bruna, soy el dibujo de Bruna.

María sonrió y le tendió la mano, muy despacito para no hacerle daño. Bruna dudó, pero por fin se acercó y le tendió su manita. Las dos se miraban sin saber qué decir. Finalmente María rompió el hielo:

  • Ven, que te enseño mi casa. Despaciiiito, que no nos oigan los mayores...

María y el dibujo de Bruna salieron de puntillas de la habitación. Todavía se miraban la una a la otra con curiosidad, como cuando se conoce a alguien nuevo. Caminaron por el pasillo. Al llegar al final subieron la vista poco a poco. Poooommm, Poooommmm, Poooommmm... Un gran reloj de pared tocaba las diez.

    • Es el reloj Pipo – dijo Bruna.
    • ¿Pipo?, pero... ¿le conoces? María la miraba con cara de asombro.
    • Claro, es Pipo, el reloj glamuroso.

Y esta es la historia de Pipo, que empieza así:

 pinchar aquí para ver la historia de Pipo, El Reloj Glamuroso

Tsuyu

Érase una vez Tsuyu, la niña que llovía. Llevaba tanto tiempo lloviendo, que no recordaba cuándo empezó todo. Simplemente el agua surgía de su pelo, de sus brazos, de todo su cuerpo. Chorreaba allá por donde iba. Tenía la suerte de compartir vida con la tribu maracuyá, amante de la tierra. La tribu sabía el privilegio que suponía contar con Tsuyu, ya que solamente una vez cada mil años ocurría algo así. Los maracuyenses querían que creciera siendo respetuosa y no se aprovechase de su enorme don, por lo que se tomaron la educación de Tsuyu como una tarea vecinal. Desde sus primeros días la niña conoció a todos los habitantes de la tribu, quienes la invitaban gustosos a jugar en sus jardines y a contemplar sus macetas. Sobre todo la intentaban engatusar para que se cobijase del sol del verano bajo sus árboles. Ella se sentía una privilegiada, al resto de sus amigas sus mamás siempre las incordiaban para hacerles coletas, limpiarlas, arreglarlas. A Tsuyu, no. Su pelo era un continuo desmadeje, mojado, brillante, como cataratas de agua oscura. Nunca la mandaban peinarse ni lavarse.
Pero cuando Tsuyu creció, empezó a sentirse una mujer "regadera". Era más original que ser mujer florero, se decía a sí misma para consolarse, pero esperaba más de la vida que simplemente dejarse llover.

Ahora este cuento está en barbecho, tengo que esperar a que Tsuyu me susurre qué ocurrió.

La gatita a rayas

Nota: Para entender este cuento, primero hay que leer el de Celiatrix (más abajo).

Érase una vez una gatita de piel atigrada, especial para la gente que la conocía, pero por lo demás, normal del todo. A la gatita le gustaba pegarse sus graaaaaaandes siestas. Un día, durmió tanto, tanto, ... que al despertar tenía el pelo de todo el cuerpo más cortito que antes de irse a dormir. Y sobre todo, tenía el cuerpo a rayas blancas y negras, como las cebras. Lo más lógico hubiera sido buscar una cebra con piel de gata a ver si le apetecía cambiar el pelo, como se hace con los cromos. Pero a nadie se le ocurrió.

La gata mientras tanto se lamía y se lamía, pensando que estaba salpicada de barro, o de café, o de, pero las rayas seguían allí, cada vez más brillantes y relucientes de tanto lametón. Tanto lametón, pasan dos minutos, ya se puede tender la ropa... Ya tengo otro cuento deshilachado. Sí, voy a llamarlos cuentos deshilachados. ¡Qué tramposa, la tía gansa!

Los dos minutos de Plastinga

Celiatrix puso corriendo su primera lavadora cuentera, ¡qué emoción!....

Érase una vez una niña que siempre llegaba tarde. Tan tarde, tan tarde llegaba siempre, que terminaron llamándola Plastinga.

- ¡Qué pesada, Plastinga, siempre con retraso! - le decían en su pandilla.

A ella no le parecía tan importante eso de la puntualidad, qué manía tenían todos con llegar a tiempo.
Un día la engañaron para llevarla al relojero, a ver qué se le ocurría a él. El relojero la miró de pies a cabeza... de la cabeza a los pies...   

- Esta niña está oxidada por dentro - dijo muy serio el relojero.

- ¡¿Cómo se atreve?!  - Ésta que suena ahora es la mamá de Plastinga - ¿Está insinuando que mi hija come clavos, y encima cochambrosos? 

 - Vamos, cariño. No quiero seguir viendo a este señor tan desagradable ni un momento más.

Y así termina la historia de Plastinga, la niña más lenta que una berlinga. Como es un cuento rápido, no caben más explicaciones, cada un@ lo tiene que terminar a su manera, pero rápido.... ¡Ya quedan menos de dos minutos! 

Celiatrix: Dos minutos esperando a la lavadora



Este fin de semana he conocido a una nueva amiga. Va diciendo por ahí que se llama Celia, pero tiene cara de hada madrina, así que se tiene que llamar Celiatrix, por lo menos. Puede que más adelante se lo diga, de momento no. Celiatrix está enfadada con su lavadora - cada una tiene derecho de enfado con quien quiera. Le molesta que ella, la lavadora, tarde dos minutos en abrir la puerta. Lava, termina, para. Espera dos minutos.... dos minutos.... como un semáforo que tarda en ponerse en verde... y otro... y otro... Y sólo después de muchos semáforos, deja que Celiatrix le abra la puerta.

Ella, Celiatrix, pensaba que era un plan de los ingenieros lavadoreros para ponerla nerviosa. Se imaginaba a inventores de bata blanca frotándose las manos y pensando:

- ¡Qué bien, lo que va a rabiar Celiatrix teniendo que esperar para abrir la lavadora! ¡Ja, ja, ja, ja! 

¡Qué risa de malos malísimos, tienen los inventores!

Me alegro de haberla podido conocer, porque así le he explicado lo despistada que anda. No es ningún plan malévolo, al contrario, es un plan de los duendes del Universo Cuentero. Los duendes se dieron cuenta de que cada vez se inventaban menos y menos cuentos en el mundo, así que pensaron en dar dos minutos de tiempo, al terminar cada lavadora, para que todos los mayores inventasen un cuento antes de tender la ropa. Cuando tuvieran el cuento listo, la lavadora dejaría que le abrieran la puerta.

Celiatrix, por fin, se ha dado cuenta del retraso tan tremendo que lleva de cuentos y ya no tiene tiempo de enfadarse.

Por tía Isa

Historia secreta

Ya estamos a febrero y no he incluído ningún cuento nuevo. No es que no haya escrito nada, es que estoy escribiendo un cuento secreto y, de momento, no puedo ponerlo en internet. Pero sí os voy a revelar el nombre de la protagonista: Becarquiloce en honor a Beatriz, Carlota, Quique, Loyola y Celia.
Muchos besos de la tía gansa.

El reloj glamuroso

Érase una vez, un reloj bien presumido, un reloj llamado Pipo. Pipo tenía unas manecillas algo más gorditas de lo habitual. No es de extrañar que sus manecillas abultasen, ya que lucía en ellas sus más valiosas joyas. Le encantaba llevar pulseras de perlas, anillos, sortijas ... Incluso a veces, se ponía una esmeralda en la nariz.

A las cinco menos veinte, el reloj extendía sus bracitos para desperezarse.

- ¡Aaaaahhhhh, qué hora tan rica!

Las diez y diez también era una buena hora, subía los brazos dándose un buen estirón, a la vez que aprovechaba para admirar sus joyas, volviendo sus manos del derecho y del revés.

- Realmente tengo unas joyas lindas y valiosas.

A las dos y diez tenía un minutito para echarse una siesta, apoyando la cabeza en sus bracitos, lo que no estaba tampoco nada mal.

En los días de verano, cuando el calor apretaba, a las tres menos cuarto de la tarde, Pipo estiraba bien sus bracitos... ¡por si le olían los sobacos! ¡Un reloj no puede perder su glamour así como así!

Sin embargo, su hora favorita... su mejor hora eran las doce porque, sin que nadie le viera, podía sujetar con sus dos manitas y admirar en privado su joya más valiosa: su libro de la felicidad. Era un libro especial, no uno cualquiera, de esos que se ven en las bibliotecas... No. Este libro era muy particular, porque estaba escrito por Pipo, nuestro reloj protagonista. En él apuntaba todas las cosas que le hacían feliz, que le hacían sentir bien: Asustar con campanadas tremendas a señores gruñones que pasaban cerca, guiñar un ojo a los niños que pasaban tarareando a su lado, cambiarse de hora para adelantar la merienda... Lo mejor de su libro es que se podía seguir escribiendo y escribiendo, nunca se terminaban las hojas. A Pipo le encantaba, cada vez que se aburría, no tenía más que leerlo o escribir en él.

Una noche de tormenta, en que el reloj Pipo estaba ensimismado escribiendo sus pensamientos, - Brrouuuuummmmm!! un gran trueno le pegó tal susto, que su libro salió volando por los aires. ¡Qué disgusto tan tremendo!, ¿Y ahora? ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo recuperarlo?

En ese momento oyó maullar a la gata de la casa: Miaaauuu! Miaauuuu!

- Gatita, gatita Paquita, gatita bonita, ¿me puedes alcanzar ese libro que hay en el suelo?

- ¿Yo? ¿Es a mí?

Saben ustedes, Paquita estaba algo disgustada con Pipo. ¡Ella! que era tan elegante y distinguida, ¡ella!, que siempre estaba tan limpia y relamida, nunca había conseguido que Pipo le prestase ni un abalorio, ni siquiera una de tantas pulseras como tenía. Así que la gata Paca no se conmovió ni un poco.  Estaba tan enfadada con Pipo, que hasta se puso chula:

- Venga, Pipo, no me tomes el pelo. Pero si tú te pasas el día mirándote en el espejo que tienes enfrente, seguro que no sabes ni leer...

Pipo no entendía a qué venía un enfado tan enorme, ¡qué modales tan malos, los de la gata Paca! Pipo, famoso por su glamour, y Paca, admirada por su elegancia, se miraban de reojo, enfurruñados. ¡Vaya estampa!

El libro, entretanto, se cansó de tanta tontería:

- Parece mentira, ¡son como mayores!, pensó el libro. Aprovechó una ráfaga de viento para acercarse a Paca, y se quedó abierto en una página. La gata Paca notó algo a sus pies, y al bajar la vista pudo leer:

Qué lindo hacer sonar los segundos, campanear las horas, aspirar la risa de los niños. Qué lindo ver pasar a Paca, tan elegante como es, ¿cómo no se da cuenta de que es mucho más bonita que todas las joyas que pueda yo prestarle?

La gata Paca miró a Pipo con ojos coquetos. La cara del reloj Pipo se coloreó como las amapolas bajo el sol de verano. 


Por tía Isa

Belinda

Érase una vez una galaxia lejana lejana, de ocho soles y veinte veranos al año, donde vivía un espíritu muy curioso que siempre quería conocer cosas nuevas. El espíritu se moría de ganas de conocer el planeta tierra, así que eligió un papá y una mamá y nació como una preciosa niña llamada Belinda.

Todo le maravillaba al nacer, era tan distinto a cómo lo esperaba: las flores estallaban en colores en primavera, el mar no se desbordaba al llegar a tierra, acariciaba las orillas acunándolas con sus sonidos. A Belinda le divertía escuchar cómo roncaba el mar a pleno pulmón, haciendo saltar las rocas, con un estruendo tremendo en los acantilados.


Belinda creció y creció, olvidándose cada vez más de su galaxia. Le parecía que siempre había habitado en la tierra, con el ruido de fondo del tráfico, en su bloque de pisos, como el resto de sus vecinos, que, algunos más que otros, eran algo entrometidos, a decir verdad.
Un día, Belinda notó un escozor en la espalda. Se palpó y no le dio mayor importancia, pensando que eran unos granitos. Con los días los granitos crecieron... y crecieron... y crecieron. ¡Belinda le preguntó a su mamá qué eran esos bultos tan raros que le estaban saliendo! "Hija" - le respondió su madre - "no es nada malo, te estás haciendo mayor". Pero los vecinos murmuraban entre ellos por qué la niña tenía esas jorobas tan raras en la espalda.
Cuando las alas que había dentro de las jorobas estallaron, de nuevo fue corriendo a sus padres: "Miren, miren, ¿qué me está pasando?" Sus padres miraron maravillados la espalda de Belinda. "Aaaah. Déjanos verte bien". Belinda tenía dos enormes alas brillantes, con plumas de mil colores: doradas, azules, rojas, verdes, marrones, rosas, blancas, negras, naranjas, plateadas ... Parecía una niña con alas de pavo real. "Son unas alas preciosas Belinda, puedes estar bien orgullosa de ellas y lucirlas y pavonearte con la cabeza bien alta. ¡Qué emocionante, vamos corriendo a probarlas".
Los vecinos vieron pasar como una exhalación a Belinda, seguida de sus padres. "No es posible", se decían, "no puede ser que tenga alas".
Belinda eligió el mar para su primer vuelo. Aquel era un momento muy especial para ella. Estaba tan acostumbrada a ver el mar de todos los humores posibles: tranquilo, encrespado, seductor, juguetón. No podía aguantarse las ganas de verlo desde lo alto. Subió a un acantilado todo lo rápido que supo. Sus alas eran un poco largas y, entre los nervios y la falta de costumbre, Belinda se las pisaba a cada poco. Después de unos cuantos trompicones, allí estaba. Una inmensa pared de piedra a sus pies, sentía un poco de vértigo al asomarse... Y abajo del todo, El Mar... Cerró los ojos para sentir el olor, la brisa, los sonidos del agua jugando con las rocas. La madre de Belinda dio un codazo de complicidad a su marido, señalando las alas, que se iban esponjando, desplegando, subiendo, como si tuvieran vida propia. Belinda se puso de puntillas, todavía con los ojos cerrados, y sintió cómo su pelo se le arremolinaba por toda la cara, y el aire sonaba distinto, como en susurros. Al abrir los ojos vió cómo todo se movía a sus pies; las olas daban brincos gigantescos, intentando alcanzarla para jugar con ella. El mar cambiaba de color de azul, a verde esmeralda, a blanco. Ella miró a los lados para poder contemplar sus alas, ¡cómo le gustaban! Empezó a moverlas y a jugar con el viento, a planear, bajaba casi a ras de agua para refrescarse la cara, daba piruetas arriba y abajo mientras soltaba grititos de felicidad.

Los vecinos fueron a hablar muy seriamente con los padres: 
- Esto no se puede tolerar, tenéis que cortarle las alas a Belinda.
Ellos, sin ningún tipo de explicación, contestaron rotundamente que no.
- Recortádselas entonces, protestaron.
- ¿Por qué habríamos de hacer tal cosa?
- Al menos demostraría que hacéis algo al respecto.


Los padres ignoraron a los vecinos, mientras Belinda seguía practicando su vuelo. Cada vez disfrutaba más, incluso con el tiempo ya se atrevía a sacar de excursión a alguna amiga o amigo de la pandilla.


- Eso sí que no - se quejaron los vecinos otra vez - está revolucionando a nuestros hijos. Pero, ¿qué pretendéis hacer con Belinda?
- La estamos enseñando a volar - contestaron los padres satisfechos.

Versión de la tía Isa, a partir del relato corto "La Mujer Pájaro"